La Pradera de San Isidro.

Francisco de Goya y Lucientes. 1788. Óleo sobre tela. 44 x 94 cm. Museo del Prado Foto: Wikimmedia

Francisco de Goya y Lucientes. 1788. Óleo sobre tela. 44 x 94 cm. Museo del Prado
Foto: Wikimmedia

Hacia 1788, Francisco de Goya recibió el encargo de realizar algunos cartones para tapices que servirían de decoración para las habitaciones de los infantes en el palacio de El Pardo.

El más importante de ellos fue “La Pradera de San Isidro”. Goya realizó el boceto, encargó el bastidor y tras la muerte del rey interrumpe el encargo. Un célebre cartón que formaba parte de este encargo, “la gallina ciega”, si llegó a terminarlo.

la gallina ciega

la gallina ciega

De este boceto destaca la complejidad de la composición, su ejecución abreviada y abocetada y el colorido rico y variado. La manera de componer la escena recuerda a la “Vista de Zaragoza” de Juan Bautista Martínez del Mazo.

Vista de Zaragoza

Vista de Zaragoza

Se distingue perfectamente el perfil del Madrid de la época con el puente de Segovia, la cúpula de San Francisco el Grande y el Alcázar nuevo, lugares muy bien conocidos por Goya.

San Francisco el Grande

Cúpula de San Francisco el Grande

Para tratarse de un boceto presenta gran variedad de color y detalle en las numerosas figuras, lo que tiene su explicación en el tamaño que habría tenido la obra si se hubiera materializado, 348 x 752 cm. Un tamaño suficientemente grande como para contener todo lo que Goya apuntó en el boceto.

La libertad de ejecución, el colorido riquísimo y la brillantez de las escenas los convierten en una obra única. La maestría de Goya queda evidente en la utilización de la luz y el recurso de envolver a los personajes en una bruma para representar el bullicio y la diversión de los asistentes a la romería.

San Francisco el Grande

San Francisco el Grande

Pero más allá de los personajes que llenan la escena costumbrista, el verdadero protagonista del cuadro es el paisaje de Madrid que se extiende más allá del río Manzanares.

El artista aragonés pintó paisajes en raras ocasiones y cuando los llevó a cabo siempre se caracterizaron por la imprecisión e irrealidad de las vistas del horizonte, a menudo apuntadas e idealizadas y con todos sus elementos poco definidos.

Ese recurso lo utiliza ahora pero en las personas, dejando el detalle y el estudio naturalista de la luz para la parte del paisaje y la vista de Madrid en detrimento de las personas, que aparecen borrosas y vistas como a través de un velo.

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©Andrés Cifuentes
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Acerca de Andrés Cifuentes Lozano

Un erudito es aquel que muestra menos de lo que sabe; un periodista y un consultor, lo contrario; la mayoría cae en algún punto entre ambos. "Ahí estoy yo"
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